Saber de vinos

Espartero, militar y político

(Espartero primera parte. 1793-1815.)

BALDOMERO ESPARTERO

Sobre mí, con o sin razón, se ha dicho y escrito de todo; aventurero, militar de talento o de suerte, político bueno o malo, espadón de la reina, dictador, hombre sin piedad, amante de bellas mujeres, princesas y reinas, jugador de ventaja, etc.

Incluso, les dirán, que rechacé ser Rey de España.

Hasta los hay, que han llegado a pensar que pude ser el padre, tanto de Luciano Murrieta como de algunos hijos de la reina María Cristina.

Intentaré relatar brevemente mi azarosa y apasionante vida, de alguna manera siempre entrelazada con el mundo del vino y la historia de la Rioja, España y sus colonias.

Sin afirmar o negar nada de cuanto de mí se ha dicho, sea usted mismo quien juzgue.



MI NACIMIENTO

1793. Nací el 27 de febrero en Granátula de Calatrava, un pequeño pueblo manchego en la comarca del Campo de Calatrava. Mis padres, Manuel Antonio Fernández Espartero, casado con Josefa Álvarez de Toro, me bautizaron con el nombre de Joaquín Baldomero Fernández - Espartero y Álvarez de Toro. Con el tiempo, para abreviar, preferí que me llamase Baldomero Espartero y usé mis otros nombres, como Joaquín Fernández, ante imperiosas necesidades.

Por mis apellidos podía parecer noble o hidalgo, pero nada más lejos de la realidad. Mi padre era carretero de oficio y lo ejercía en su pequeño taller de Granátula, mi madre bastante tenía con sacar adelante a nueve hijos, hasta el momento, ya que yo era el último. Sin duda eran otros tiempos y como media población eran monjas, curas o frailes, alguien tenía que traer los niños.



MI INFANCIA

No había escuelas en ningún pueblo ni muchas posibilidades de

aprender a leer, escribir y adquirir una mínima cultura general. La única salida para los hijos de gente sencilla, con algunos medios, era entrar en un convento de frailes o monjas, así le explicaba un culto vecino a mi padre, lo de ser sacerdote estaba reservado a los hijos de hidalgos y nobleza de 2ª, para la de 1ª, hasta obispo, y para grandes de España y príncipes se reservaban los títulos de arzobispos, cardenales, etc., y hasta el de Papa. Ya eran frailes mis tres hermanos al igual que una hermana que profesaba en las clarisas de Calatrava. No habiendo trabajo digno para mí, decidieron que sería también fraile. Mis padres consiguieron que Antonio Meoro, preceptor en Granátula, me enseñase las primeras letras, latín incluido, para que no fuese tan traumática mi entrada en el convento de dominicos de Almagro, del que era fraile mi hermano Manuel. De mi infancia, los más vivos recuerdos eran las vendimias, el pueblo entero acudía a recoger esos preciosos racimos que a mí me sabían deliciosos, con otros niños y niñas jugábamos al escondite entre las viñas, un juego que me sirvió en Ocaña para salvar la vida. En 1803 y 1804 unas incesantes lluvias destrozaron las cosechas de cereal en La Mancha y Madrid, entonces llegamos a pasar hambre.

Don Antonio me contaba muchas cosas sobre las hazañas de un gran soldado francés que se llamaba Napoleón, quien había conquistado casi toda Europa, llevando sus victorias por el mundo hasta el lejano Egipto, tan solo los ingleses resistían. Ahora, seguía contando, había organizado el mayor de los ejércitos conocidos, llamada la Grand Armèe, con él pensaba invadir Inglaterra, que era una gran isla, junto a otra más pequeña llamada Irlanda, y para ello necesitaba muchos barcos, ya que los ingleses dominaban los mares. Dicen ha hecho un pacto con el rey de España, Carlos IV, ya que los barcos ingleses apresan y roban muchos barcos españoles, para unidas las flotas española y francesa destruir la inglesa. Las últimas noticias son que se han unido ambas flotas en Cádiz para atacar Gibraltar, en cuyas aguas se han concentrado muchos barcos ingleses.

Creo que a don Antonio le gustaba más la política y las guerras que el latín y yo al dormir soñaba en victoriosas batallas.

EL ORGULLO DE LA MARINA DE ENSENADA DESTRUIDO

1805. Un buen día encontré a mi maestro totalmente abatido. Mi buen Baldomero, dijo, el almirante Nelson ha destruido en aguas de Trafalgar la flota combinada de España y Francia. Además en la batalla naval de San Vicente había destrozado otra buena parte de la marina francesa, con lo que nuestra flota de indias está perdida.

Ninguno podía imaginar que pocos años después me iba a enfrentar a la Grand Armèe, nuestros aliados, y que contra los franceses lucharía ayudado por los ingleses, cosas de la vida, conociendo a uno de los mejores generales de todos los tiempos, Wellington.

NAPOLEÓN HEROE

1806. A los trece años me envían a Almagro, al convento de dominicos, donde me espera mi hermano Manuel, quien, muy bien informado, entre latines y filosofía, me enseña mucha historia y, sobre todo, cuanto acontece y sabe sobre Napoleón y los franceses, en aquellos momentos mis héroes y los de muchos españoles.

NAPOLEÓN INVADE PORTUGAL

1807. Mi hermano me cuenta que un gran ejército formado por españoles y franceses han conquistado la vecina Portugal, derrotando a las tropas portuguesas y a sus aliados ingleses que se hacen a la mar.

La esposa del rey de Portugal Juan VI, Carlota Joaquina, era hija del rey de España, Carlos IV, y con toda su familia y el gobierno se vieron forzados a exiliarse a Portugal.

CARLOS IV ABDICA A FAVOR DE FERNANDO VII

1808. Este año nos enteramos que tras el motín de Aranjuez, el rey Carlos IV, para salvar a Godoy, preso, abdica dejando la corona a su hijo Fernando VII. Todos se han ido a Francia " invitados" a entrevistarse con Napoleón.

CARLOS IV CEDE EL TRONO DE ESPAÑA A NAPOLEÓN

1808. A finales de abril, Napoleón consigue, con muy poco esfuerzo, que Fernando VII renuncie y devuelva la corona a su padre Carlos IV y este cede sus derechos a Napoleón. Consumado este ignominioso episodio de la historia de España, el emperador traspasa sus derechos a su hermano José Napoleón Bonaparte. Con el fin de darle forma legal convoca al Consejo de Castilla, para que este organismo como representante de la soberanía nacional, y a instancias de Napoleón, nombre a José Bonaparte nuevo rey de España.

Quizás por mis pocos años y el aislamiento del convento, no podía entender bien que estaba pasando, pero pronto lo voy a saber.



El 2 DE MAYO EN MADRID

2 de mayo de 1808. Llegan trágicas noticias, Almagro entero es un hervidero de pasiones. El dos de mayo en Madrid el pueblo y unos pocos soldados se han levantado contra los franceses, el mismo día han sofocado la rebelión y matado a miles de personas, entre ellas muchas mujeres. Al atardecer y durante toda la noche y el día siguiente han estado fusilando gente inocente como escarmiento. Además se han llevado a Francia a los infantes. Los carreteros y muleros que diariamente llevan vino a Madrid desde el mismo Almagro y sobre todo desde Valdepeñas y otros pueblos de la Mancha, cuentan, de primera mano, los horrores que han visto ese día y la noticia, al pasar de boca en boca, se agranda y hace aun más terrible.

La represión y fusilamientos del 2 y 3 de mayo fue la llamada que convocó a las armas en cuantos lugares de España aún no estaban ocupados por los franceses, para el verano la rebelión se extiende por Cartagena, Murcia, Valencia, Zaragoza, Lérida, Gerona, Santander, Logroño, León, La Coruña y toda Castilla la Vieja. Algo más tarde la reacción llega al sur, Sevilla, Málaga, Cádiz y Granada, finalmente Extremadura.

CORONACIÓN Y PRIMER GOBIERNO DE JOSE I

1808. El propio Murat, el mariscal que manda las tropas francesas del centro, instalado en el palacio Real de Madrid en calidad de lugarteniente general del reino, el 15 de mayo reunió en Madrid la junta de Gobierno, comunicándoles los deseos del rey Fernando VII y su emperador, Napoleón Bonaparte, de reunir en Bayona una asamblea general el 15 de junio, los diputados integrantes de la asamblea, representarían los tres estados. Tenían que asistir 150 diputados. El día de la fecha de la apertura estaban presentes 65 diputados, pero ya en la clausura del cónclave, el día 7 de julio, se reunieron noventa y uno. Presidía esta " Junta de Notables" don Miguel José de Azanza, el que fue ministro de Carlos IV y por un mes de Fernando VII. Secretarios don Mariano Luís de Urquijo y don Antonio Ranz Romanillos. En nombre de la nobleza los duques de Frías, Hijar, Osuna, Medinaceli, Infantado, Montellano, del Parque; marqueses de Santa Cruz, Bendaña, Montehermoso, Estepa; condes de Fernán Núñez, Orgaz, Torremuzquiz y Fuentes. El estatuto constitucional que elaboraban en Bayona establecía una monarquía hereditaria por vía de varón, naturalmente a partir de José I, el 30 de junio, los asambleístas de Bayona hicieron entrega de la Constitución a José I, como nuevo rey de Las Españas.

PRIMER GOBIERNO DE JOSÉ I

El día 4 de julio, José I hizo pública la composición de su primer gobierno: Urquijo, secretario de Estado; Azanza, ministro de Indias; Cevallos, de Relaciones Exteriores; Cabarrús, de Hacienda; O'Farrill, de Guerra; almirante Mazarredo, de Marina; Peñuela, de Gracia y Justicia; Arribas, de Policia. Don Gaspar Melchor de Jovellanos rechazó la cartera del Interior.

En cuanto los altos cargos "cortesanos" para la casa real se nombró, entre los Grandes de España, a los duques del Infantado, de Hijar, de Sotomayor, el marqués de Santa Cruz y los Condes de Fernán Núñez y de Orgaz.



LOS HERMANOS DE NAPOLEÓN

José Bonaparte nació en Corte (Córcega), en 1768, hijo de Carlos María Bonaparte y María Letizia Romolino. José era el primogénito al que seguía Napoleón (1769).

Luciano (1775), príncipe de Canino, revolucionario en su juventud llegó a presidente de la Asamblea de los Quinientos, preparó el golpe de 18 brumarios (nombre del segundo mes del año en el calendario republicano francés), que llevó a Napoleón a la dignidad de primer cónsul; fue también ministro del interior y embajador en España.

Elisa (1777), casada con el capitán corso Félix Bacciochi y ostentó el gran ducado de Toscana.

Luís (1778), ayudante de campo de su hermano en las campañas de Egipto e Italia, le nombró rey de Holanda y se casó con Hortensia de Beauharnais, hija de Josefina, primera esposa de Napoleón. Fue condestable del imperio.

Paulina (1780), duquesa de Guastalla, se casó con el general Leclerc, en segundas nupcias se unió al príncipe Camilo Borghese, hombre de gran fortuna. Posó desnuda para la Venus de Canova.

Carolina (1782) fue la mujer de Murat, gran duque de Berg y de Clèves, con su marino reinaron en Nápoles. Ella fue amante del general Junot.

Jerónimo (1784), casado con la rica heredera Elisa Patterson, a

la que abandonó para casarse con Catalina de Würtemberg, tras haber sido coronado rey de Westfalia.



ENSANGRENTADA LLEGADA DE JOSÉ I A ESPAÑA

El día 6 de julio partió de Bayona una caravana de cien carruajes en la que viajaban los notables convocados para la asamblea. Entre ellos en una carroza regia viajaba José I.

Cuando la caravana llega a Burgos el 17 de julio, José I que deseaba reinar sin más derramamientos de sangre sobre los españoles, queda horrorizado al saber que su mariscal Bessières al frente del IV cuerpo de ejército, con unos 26.000 hombres a su mando, ha librado una batalla contra fuerzas españolas mandadas por Cuesta y Blake, junto a Medina de Rioseco, en la que los españoles del ejército de Galicia habían perdido unos diez mil hombres entre muertos, heridos y prisioneros. Pero su pesar llegó al colmo al saber la destrucción y el saqueo de la villa de Medina de Rioseco por los soldados franceses, que al ocuparla asesinaron, violaron a mujeres y niñas y no respetaron ni a las monjas de un convento. La ciudad fue incendiada por los franceses a su marcha.

José I quedó sumido en el horror y con este estado de ánimo entró en Madrid el 20 de julio, entre el silencio de unos y el desdén de otros una campana tañía a muerto.

El día 24 escribe a su hermano: "Tengo por enemiga a una nación de doce millones de habitantes, bravos y exasperados hasta el extremo.

Se habla públicamente de mi asesinato, pero no es éste mi temor. Todo lo que se hizo aquí el 2 de mayo fue odioso. Los hombres honrados no me son más afectos que los pícaros. No, sire, estáis en un error: vuestra gloria se hundirá en España"



MURAT y el VINO de MADRID

Murat, gran duque de Berg y de Clèves, era cuñado de Napoleón, al ser el marido de su hermana Carolina Bonaparte. Fue el primero en entrar en España al mando de ejército destinado a ocupar Madrid y secretamente España. El se quedó en la capital, mientras envió otro cuerpo de ejército a Cataluña para hacerse con Figueras y Barcelona. Habían tomado Portugal el general Junot y él España sin un solo tiro, hasta el 2 de mayo en Madrid.

Ya hemos dicho la dureza con que Murat aplastó este levantamiento, en el que de unos 30.000 soldados regulares que en aquel momento había en Madrid y sus alrededores del ejército regular español,

tan solo se sublevaron, uniéndose al pueblo desarmado, unos doscientos.

En los primeros días de junio enfermo gravemente Murat. Entre los franceses corrió el rumor de que había sido envenenado y entre los españoles que era un castigo del cielo por las tropelías y asesinatos del 2 de mayo. Para otros había contraído alguna enfermedad sexual.

Lo que parece que realmente tenía era un cólico muy común para los forasteros en la capital del reino (sin duda provocado por sus aguas), tan frecuentes que en términos médicos se conocían como “cólicos de Madrid”. El cólico a Murat se le complico con unas fiebres, que por sobrevenir cada tres días, se conocían por “tercianas”, tan persistentes y fuertes, que decaído su ánimo y cuerpo admitió, por dictamen de los facultativos, trasladarse a Francia para tomar las aguas termales de Barèges. Siendo sustituido en el mando por el general Savary, que llegó a la capital el 15 de junio.

Al haber enfermado muchos soldados franceses, y muerto alguno con síntomas de índole dudosa, sospecharon de envenenamientos.

Iniciada la investigación, el barón Larrey, primer cirujano del ejército invasor, examinó los alimentos, y el boticario mayor del mismo, Mr. Laubert, analizó detenidamente el vino que se les vendía en varias tabernas y bodegones de dentro y fuera de Madrid.

Nada nocivo se descubrió en el vino, pero en algunos se había añadido a los mismos unos hervidos de agua de laurel o pimiento, que para darle fuerza solían los vinateros y vendedores añadir al vino de la Mancha, a semejanza del óxido de plomo, litargirio, que emplean algunos vinateros en Francia para corregir la acidez.

La mixtión descrita no causaba molestias a los españoles, acostumbrados sus organismos a ella, y sobre todo por la mayor sobriedad en su consumo, dañando extremadamente a los franceses, no habituados a aquella bebida de la que abusaban en sumo grado, especialmente de los vinos fuertes y licorosos de nuestro terruño. Los exámenes y declaraciones de Larrey y Laubert tranquilizaron a los franceses, recelosos de cualquier asechanza de parte de un pueblo gravemente ofendido, (es curioso como un escritor de la época continúa el relato)” él pueblo de España con dificultad hubiese recurrido para su venganza a un medio que no le era usual cuando tantos otros juntos y “NOBLES” se le presentaban. (Como ejemplo, una maceta que con increíble puntería arrojó sobre la cabeza del general Legrand, matándole, una madrileña en la calle Infantas, o una buena cuchillada como las que a algún soldado francés asentaron en el suelo cuando eran derribados del caballo, incluso un trabucazo a bocajarro amparados por la oscuridad de la noche, un ladrillazo, etc.,( maneras mucho más “nobles” que recurrir al veneno).

Lo que realmente debía sentar mal, y dolerle mucho más, siendo motivo de fiebre, al gran duque de Beeeeerg eran los “cuernazos” que su mujer le ponía con su compañero, el general Junot.

Realmente Murat fue el más inteligente y valiente oficial de caballería de Napoleón, al igual que uno de sus mejores mariscales, a quien por sus muchos méritos el Emperador apreciaba sinceramente.

Le concedió la corona de Nápoles, trono dejado por José Bonaparte al hacerse cargo del reino de España.

Recordemos que al mando de los ejércitos franceses llega a Madrid Savary sustituyendo al enfermo Murat.



LA BATALLA DE BAILÉN

Mis héroes franceses habían desaparecido, la admiración que por ellos había sentido se trasformaba en odio, no veía el momento de salir del convento para unirme a los soldados españoles que les hacían frente.

Un compañero de convento que se había incorporado al Regimiento de Infantería de Ciudad Real unos meses antes, fue herido en la recién librada batalla de Bailén y lo trajeron sus compañeros dejándolo a nuestro cuidado junto con un alférez de caballería y el teniente Luís de voluntarios de Granada, también heridos, no de gravedad, y algunos soldados más, para que les ayudásemos a su pronta recuperación.

A los tres habiendo habían participado en la batalla de Bailén y por buen

comportamiento les concedieron, ascensos, medallas y unos días de permiso. Pasaba el día a su lado y no me cansaba de hacer preguntas, con unos planos y en una de las pizarras intentaba reflejar cuanto había ocurrido. Ellos estaban tan interesados como yo, porque aún no podían entender como habían ganado la batalla y apresado a más de 20.000 hombres.

Los hechos comienzan cuando el I cuerpo de ejercito francés, al mando de Dupont, de unos 24.000 soldados, se adentra en Andalucía con la orden de llegar hasta Cádiz para salvar los restos de la escuadra francesa refugiada en este puerto gaditano, tras su derrota en la batalla de Trafalgar. Un objetivo tan alejado no le permite escalonar, pasado Despeñaperros, demasiadas tropas para evitar les cierren este paso ante una eventual retirada. Cuanto más avanza y ya cerca de Córdoba, en el puente de Alcolea le cierran el paso tropas españolas y libra una primera batalla. La gana sin demasiada dificultad pero comienza a inquietarse y salen mensajeros a Madrid para que lo más urgentemente envíen tropas que le cubran la retaguardia, lo que Savary, que sustituye a Murat enfermo, lo hace sin perdida de tiempo. A marchas forzadas y en dirección a la Carolina se pone en movimiento la división del general Vedel.

Avisado de la noticia, algo más tranquilo, Dupont toma Córdoba sin problemas. En la que fuese capital del califato, como ya es triste costumbre, durante una semana se dedican al saqueo de sus riquezas y toda clase de depredaciones y abusos, lo que altera y enardece a toda Andalucía.

En esta ciudad se entera que la escuadra francesa del almirante

Rossilly - Mestos, ha capitulado el 14 de junio ante las fuerzas españolas del almirante Ruiz de Apodaca, lo que representa la rendición de seis navíos y 3.500 hombres.

Aun recibe otras noticias que empiezan a asustarle. Se está concentrando entre Utrera y Carmona un numeroso ejército español, que no para de engrosarse con tropas dispersas que acuden de toda Andalucía, estiman sus observadores se acercan a los 30.000 hombres. Además ha llegado a Cádiz una poderosa flota inglesa en la que se cree hay dispuesta a desembarcar una división completa al mando del general Spencer.

Ante todo ello Dupont abandona Córdoba, retomando la carretera de Madrid y hace parada, estableciendo su cuartel general en Andujar, donde le llegan los refuerzos solicitados, no solo los del general Vedel sino los que con el general Gobert llegan poco después.



EL GENERAL CASTAÑOS (“PILONGOS”)

Por nuestra parte, el general Castaños al mando del ejército de Andalucía quiere organizar el ejército en un campo atrincherado enfrente de Cádiz y se opone a que se ataque a los franceses. Aun viendo que se ponían en marcha camino de Madrid insistía en retroceder a Cádiz. Castaños, con alguna superioridad en cuanto a número que las tropas francesas, sabía que estas eran muy superiores en disciplina, con generales y oficiales inteligentes, aguerridos y con larga experiencia en batalla, bien pertrechados y con artillería completa y bien servida Su caballería igualmente entrenada y disciplinada no huía o se desbandaba, como la nuestra, con los primeros cañonazos. El experimentado general pensaba que los deseos de atacar de la Junta de Sevilla era una locura y terminaría la aventura en un auténtico desastre como la reciente batalla de Medina de Río Seco.

De alguna manera la Junta, haciéndose eco de la población andaluza deseosa de tomar venganza de los saqueadores de Córdoba y otros pueblos por los que pasaban, obligó a Castaños a preparar la batalla, muy a su pesar.

El teniente Luís nos cuenta que reunidas todas las fuerzas españolas en Utrera, en total unos 25.000 soldados de infantería, 2.000 de caballería, numerosa artillería y otras tropas diversas, junto a muchos paisanos voluntarios, un espectáculo que elevaba la moral del más cobarde, aunque no la de Castaño, decidieron dividirlas en tres divisiones que entrarían en combate y una de reserva. En la primera, a las órdenes de Reding, junto a su regimiento de suizos, se encontraban los voluntarios de Granada. En la segunda, al mando de Coupigny, el ex - dominico herido, con el Regimiento de Infantería de Ciudad Real, junto a los regimientos de Cuenca, Trillo, Bujalance, guardias walones, suizos, zapadores y el de caballería de España. La tercera división quedó a las órdenes de don Félix Jones, que debía maniobrar unida a la cuarta de reserva, capitaneada por don Miguel de la Peña. Las dos últimas al mando directo de Castaños.

¿Y usted alférez? Yo mi joven Baldomero me encontraba con las tropas al mando de don Juan de la Cruz intentando poner orden en partidas sueltas de caballería regular y voluntarios, cazadores de otros cuerpos y otras tropas ligeras, en total unos 1.000 hombres. Junto a nosotros don Pedro Valdecañas estaba al mando de otros pequeños destacamentos.

A primeros de julio comenzamos a movernos siguiendo los pasos de los franceses remontando la ribera izquierda del Guadalquivir, cerca de Jaén encontramos a unos 1 500 franceses al mando de Cassagne que se habían desplazado a esta ciudad en busca de víveres y un nuevo saqueo. Hasta el día 3 que tuvieron que abandonarla les tuvimos en jaque los voluntarios de Granada y suizos de Reding. Dupont, ordeno a Cassagne retroceder y reunirse con sus tropas en Andujar.

1808. Él 11 de julio, en Porcuna, los jefes españoles celebran consejo de guerra, en el que se acuerda el plan de ataque. Nuestra división, la de Reding, tenemos que seguir avanzando y pasando el Guadalquivir por Monjibar dirigirnos a Bailén. Lo mismo debe hacer la segunda división de Coupigny que apoyándonos pasaría el río por Villanuena. La tercera división y la reserva al mando de don Francisco Javier Castaños atacarían a lo largo del frente de la carretera a Andujar.

Nuestro amigo Pedro con las tropas ligeras de don Juan de la Cruz, pasando el puente de Marmolejo, ganaría las alturas de Sementera para desde esta posición disparar sobre el flanco derecho de los franceses.

El 13 comienza a efectuarse los movimientos previstos, la primera y segunda división, con otras fuerzas, atacaríamos Bailen para desalojando a los franceses de esta zona cerrar el paso a las tropas de Dupont. En principio avanzando nuestras divisiones al otro lado del río, los franceses casi ni se percataron pendientes como estaban de las divisiones tercera y reserva que muy lentamente se acercaban a Andujar.

Dupont comete su primer gran error al pedir a Vedel le enviase desde Bailén el refuerzo de una brigada; pero este, no queriendo separarse de sus soldados fue en persona con su división, segundo error.

Quedaron solamente para guardar el paso de Menjíbar 1.300 franceses al mando de Liger - Belair, precisamente el lugar asignado a mi división para atravesándolo caer sobre Bailén cortando la carretera, un verdadero golpe de fortuna.

El 15 nos cuenta Pedro que, con las tropas ligeras de don Juan de la Cruz atacan a los franceses en su flanco derecho con el fin de distraerlos y retardar sus preparativos. Aguantamos desde nuestras alturas con valentía inusual, al ser para muchos nuestro primer combate y vimos como empezaron a sufrir los franceses, por su indumentaria y equipos, ante un calor infernal tratando de aproximarse a nuestras posiciones. A punto de desbordarnos, ordenadamente nos retiramos a Peñascal de Morales sin que nadie se molestase en seguirnos.

El 16, del lado de Castaños apenas hubo un fuerte cañoneo, quizás nueva maniobra para ocultar nuestras auténticas intenciones.

El 16 Reding da la orden de atacar la posición del paso de Menjíbar, distraídos con el fuego, a las cuatro de la noche, pasando el río por un vado cercano atacamos a su espalda y desalojando a los franceses de todas sus posiciones se ve obligado Liger - Belair a retirarse hacia Bailén, para cubrir la desordenada retirada de los restos de Belair sale en su socorro, de este pueblo, el general Gobert.



LA MUERTE DEL GENERAL GOBERT

Yo estaba entre unas rocas mirando como los franceses, llegado él

momento, corrían tanto o más que nosotros, cuando saliendo de Bailén se acercaban al lugar en el que me encontraba un grupo de oficiales, me llamó la atención uno en particular por su llamativo uniforme y el precioso caballo que montaba, parecía dar órdenes, apunté con sumo cuidado a su cabeza bien apoyado en una roca porque el pulso me temblaba un poco, aun se encontraban algo lejos cuando detuvieron sus caballos para hacerse sin duda una mejor idea de lo que ocurría, sin pensarlo más apreté el gatillo , disipado un poco el humo de la pólvora pude ver que el oficial al que disparé había caído al suelo, quedando yo más sorprendido que aquellos franceses. Otros compañeros al ver la escena gritaron de júbilo y comenzaron a disparar cayendo otro, que pronto se levantó, tal era la distancia, valientemente y arriesgando sus vidas los compañeros retiraron al oficial que yo alcancé.

Después nos enteramos, por unos prisioneros franceses, que era el general Gobert y había muerto poco después de recibir un balazo en la cabeza. Por aquel certero disparo ahora soy un héroe y me han ascendido a teniente.

Para otros cuerpos nuevos como el regimiento de Antequera, este día fue su bautismo de fuego y lo hicieron francamente bien. Parte del éxito se debió al experto y entendido mayor general don Francisco Javier Abadía que coordinaba todos nuestros movimientos.

No habiendo aún llegado, como estaba previsto, la segunda división del marqués de Coupigny, Reding consideró prudente, en lugar de desgastar más nuestras fuerzas persiguiendo a los franceses y desalojándolos de Bailén, repasar prudentemente el río para tomarnos un merecido descanso.

Estábamos contentos porque era nuestra primera victoria, alguien nos contó que en este mismo día 16 de julio de 1212, España ganó la célebre batalla de las Navas de Tolosa, pueblo cercano al lugar en que nos encontrábamos, en la cual cayeron tantos moros que el lugar se llama Campo de la Matanza, aunque cuando llegan al lugar algunos despistados turistas piensan que es la del cerdo.

Ante este descalabro, Dupont, temiendo le corten la salida hacia la Mancha, lo cual les pondría en serias dificultades, aún más si las tropas que les han sobrepasado y que ahora ya sabe son numerosas lo hacen en Despeñaperros, ordena a Vedel, comunicándole sus temores, que regrese a Bailén y arroje a los españoles al otro lado del río facilitando a sus tropas la retirada.



BAILÉN ES ABANDONADO POR LOS FRANCESES

Mientras tanto en Bailén el terror comenzaba a desconcertar a los franceses, que al ver que no les atacaban dieron por sentado que parte de las tropas que les derrotaron el 16 seguían su marcha para cortar los pasos de la sierra.

Aún confirmó más estos negros pensamientos al saber que otras fuerzas españolas habían sorprendido en Linares un destacamento francés. Eran los grupos del bravo Pedro Valdecañas que aparecían y desaparecían donde menos se esperaba. En este caso su acción fue de gran ayuda, ya que definitivamente pensaron que considerables fuerzas españolas les estaban sobrepasando por la izquierda y derecha de la carretera para cortar y esperarles en lo más agreste de Sierra Morena.

Los generales Liger - Belair y Doufour, reemplazando el último al fallecido Gobert, temerosos de que ocurra lo que piensan, salen de Bailén y se encaminan a La Carolina alcanzando Guarromán, tercer error.



VEDEL NO ENCUENTRA A NADIE EN BAILÉN

Cuando Vedel llega a Bailén, siguiendo la orden dada por Dupont, encuentra el pueblo vacío, y sin aguardar noticia o aviso alguno, sospechando que Liger - Belair y Doufour pudiesen ser atacados, prosiguió adelante. Aliviado al alcanzarles y ver que no había ocurrido nada, pensando todos del mismo modo, continúan el camino a Despeñaperros y juntos llegan a La Carolina y Santa Elena. En estos pueblos establecen sus casi dos divisiones, cerca de 10.000 hombres, y envían soldados por toda Sierra Morena en busca del enemigo emboscado (fue su último gran error).

Naturalmente no van a encontrar a nadie porque, estando estos días los hados de la vida a favor de los españoles, todos nos habíamos quedado agazapados junto a Bailén, no dando crédito al ver como esta impresionante fuerza mandada por uno de los más valientes generales franceses, Vedel, nos dejaba el campo libre y de paso a las tropas de Dupont tan alejadas de las suyas prácticamente aisladas.



REDING Y COUPIGNY ENTRAN EN BAILÉN

Reding aprovechó esta ocasión de oro, que la historia suele brindar solo una vez, y el 17 volvió a pasar el río. Puntualmente al amanecer lo hizo la división del marqués de Coupigny que le había retenido una serie de escaramuzas contra el flanco izquierdo de las tropas de Dupont en Andujar. Todos entramos en Bailén el día 18, tras breve descanso, los generales Reding, Coupigny, Abadía y otros destacados mandos entre los que se encuentran don Pedro Grimarest, Francisco Venegas Saavedra, los coroneles de artillería don José Juncar y don Antonio de la Cruz, junto a otros valientes más, deciden salir de Bailén camino de Andalucía para llegando cuanto antes a Andujar atacar a Dupont desde este lado, al tiempo que la tercera división y la de reserva, al mando de Castaños, de acuerdo al plan acordado, lo hará del otro lado.

Ante el caso, muy probable, de que regrese Vedel, dejamos unas tropas para entretenerlo, las más numerosas en el cerro de la ermita de San Cristóbal, posición clave, que se encuentra al otro lado de Bailén camino de La Carolina.

Al hacer un rápido recuento Reding de las fuerzas con las que contaban, estimó eran unos 14.000 hombres, casi toda infantería, pero había caballería y bastante artillería con buenos oficiales. Cierto que aún muchos de nuestros soldados no habían entrado nunca en combate y que se contaban por miles los voluntarios, pero había sobre todo una elevada moral y una fe ciega en unos mandos que habían demostrado su valor e inteligencia, tras las pequeñas victorias conseguidas frente a unos ejércitos que aún en el mundo nadie había derrotado.

Dupont tenía en Andujar algo más de 8.000 soldados profesionales y a su mando unos magníficos oficiales y suboficiales de carrera, la flor y nata de su I cuerpo de ejército.

Todos confiaban en que la oportuna intervención de las divisiones de Castaño, con otros 14.000 soldados, aunque solo fuera la tercera al mando de Félix Jones o Peña, inclinaría del lado español la balanza en tan decisiva batalla.



ENCUENTRO EN LA NOCHE

Con este ánimo salimos hacia Andujar cuando en plena noche chocamos con tropas del general Dupont que en silencio y con prisas caminaban en sentido contrario hacia Bailén. Yo, con seis compañeros más a caballo, cuenta Luís, andaba en descubierta bastante adelantado de la infantería. La noche era preciosa y clara. Los caballos iban al paso y cada uno ensimismado con sus pensamientos, no manteníamos conversación alguna. Esto nos permitió oír el ruido de un tropel de gente que se acercaba rápidamente, reconociendo por sus conversaciones eran franceses. Con el mayor sigilo mandé volver grupas y cuando consideré no nos oían emprendimos un rápido galope. Ganamos el suficiente tiempo como para alertar a la primera columna nuestra y la artillería que más próxima venía, con ello preparamos una rápida emboscada acelerando la llegada al lugar de otros regimientos, unos batallones de caballería tomaron las lomas y alturas a los lados del camino mientras la infantería se apostaba de frente y haciendo un arco, ya que en la oscuridad de la noche teníamos miedo a cruzar los disparos entre nosotros, esperamos.

He tardado casi más a contarlo que a dar las oportunas ordenes los oficiales, por mí puestos en aviso, y cumplirlas los soldados.

Cuando al fin los franceses, después de haber atravesado un puente, enfilaron la recta donde al final y contra un montículo les esperábamos en el mayor silencio, a la voz de fuego se encontraron con un diluvio de balas, los cañones tronaron en la noche iluminando como antorchas el campo. Muchos quedaron tendidos en la carretera el resto, totalmente aterrorizados, huían despavoridos.

Todo sucedió tan rápidamente que los generales españoles que estaban reunidos en una almazara (molino de aceite), a la izquierda del camino de Andujar, pararon en sus conversaciones con la duda de sí eran fusilazos de su tropa bisoña o reencuentro con la enemiga. Resolvió la discusión una granada que casi cayó a sus pies, cuando pasaban las doce de aquella noche y había comenzado el decisivo e histórico día 19.

Don Francisco Venegas Saavedra que era el mando superior que esa noche estaba en vanguardia, mantuvo el conveniente orden y aún atacó causando diversión al enemigo, en tanto las demás tropas, ya puestas en camino, comenzaban a ocupar los lugares señalados.

Teniendo noticias Dupont, dos días antes, que el camino estaba despejado hasta La Carolina y que aún la división de Vedel no había encontrado problemas en Sierra Morena, había el francés salido de Andujar al anochecer del 18. Después de destruir el puente y las obras que para su defensa levantaron. Escogió la noche porque refrescaba algo y tanto para hombres como animales de silla o tiro se hacía el camino más soportable que a pleno sol, ya que estaba haciendo esos días un calor de infierno. Por otro lado encubría su salida tratando de evitar que las fuerzas de Castaños saliesen rápidamente en persecución de su retaguardia ya que el inmenso bagaje que acompañaba a sus huestes, tras el expolio de Córdoba, dificultaba su marcha. Aunque era prácticamente imposible que algún observador de Castaños, apostados en las cercanías de Andujar, no se percatase de los preparativos para la partida ni de la salida de tan considerable ejército en noche tan clara, ni a lo largo de todo el día 18.



BAILÉN, 19 DE JULIO DE 1808

Noche del 19 (fuerzas francesas). Abrían la marcha el propio Dupont con 2.600 soldados, y a punto estuvo de caer en los primeros encuentros de esta misma noche. Barbou mandaba la columna de retaguardia. Los franceses habían avanzado más allá del puente que hay a media legua antes de Bailén y pasados los primeros minutos de estupor pronto se organizaron para la inminente batalla.

El francés no sabia exactamente que fuerzas le cerraba él paso y pensó que, habiendo dejado al grueso del ejército español a su espalda, tercera división y reserva de Castaño, estas que le atacaban no serían muy numerosas y lo mejor sería atacar y desbordarlas antes de quedar clavado al terreno y dar tiempo a que las divisiones de Castaños atacasen su retaguardia. Sobre las cuatro de la mañana los franceses se lanzan de frente tratando de abrir brecha. Recibe la división de Coupigny la primera acometida que sus soldados rechazan valientemente, los guardias walones, suizos, regimientos de Bujalance, Trillo, Cuenca, zapadores, caballería de España y él nuestro de Ciudad Real atacamos las alturas que el enemigo había alcanzado y le desalojamos. Derrotado enteramente, huyen hacia el puente y aun retroceden por largo trecho. Llegando nuevas fuerzas de refresco de las que saliendo de Andujar seguían a Dupont, los desbandados se van agrupando y unidos a los recién llegados recuperan en un rápido ataque parte del terreno perdido. A medida que llegaban más y más tropas extiende su ataque contra el centro y costado derecho español, en donde estaba don Pedro Grimarest. Flaqueaban los nuestros por aquel lado: pero auxiliados oportunamente por don Francisco Venegas, arrollamos totalmente a los franceses, teniendo de nuevo que replegarse. Muchas y repetidas veces los franceses atacaron la línea, y en todas fueron repelidos con igual éxito.



LA ARTILLERÍA

La artillería bien situada y manejada por los soldados y oficiales de aquella arma, mandados por los coroneles don José Juncar y don Antonio de la Cruz causaron estragos, consiguiendo además desmontar rápidamente las baterías enemigas. El 19 de julio fue un abrasador día, el sol se mostró implacable, la sed era tanta que nada disputaron los franceses con mayor encarnizamiento como el apoderarse de una noria de agua, situada más debajo de la almazara ya mencionada.

A las doce y media de la mañana, cuando el sol derretía las piedras, Dupont, lleno de enojo, se puso con todos los generales a la cabeza de las columnas, quienes así arengadas con el ejemplo de sus valientes mandos acometieron furiosa y bravamente nuestras defensas. Intentaron con particular arrojo y en un último intento romper nuestro centro, en el que yo me encontraba muy cerca de los generales Reding y Abadía, ya corrida la fama de buen tirador, llegando casi a tocar las bocas de los cañones los marinos de la guardia imperial. Los franceses con aquellos bonitos uniformes, mejor pensados para el frío que el calor, sus correajes, grandes mochilas a su espalda, muchas con sobrepeso de lo que, quien más quien menos habían robado, un buen fusil, abundante munición, comida para unos días, solo un detalle se les había escapado, no tenían agua y llevaban toda la noche andando y durante el día eran ellos quien se movían para atacar cuando avanzaban, o retroceder cada vez que eran rechazados., reagrupándose y volvían a cargar. Finalmente cuando intentaron un último ataque ya daba pena verlos, totalmente deshidratados y vencidos por la sed el cansancio y la tensión, apenas podían caminar, eran perfectos blancos desde nuestras estáticas posiciones, la artillería seguía disparando y yo cargaba mi fusil cada vez más lentamente porque ya más que un valiente combate era una triste matanza, no ya de soldados, sino de unos chicos y hombres totalmente desorientados que parecían muñecos rotos. Terminando el día se encontraban las tropas francesas totalmente desfallecidas, diezmados sus batallones, con muchos muertos tendidos frente a nuestras posiciones y cientos de heridos gimiendo y pidiendo agua en medio del más abrasador día que yo he vivido, era un espectáculo dantesco y aterrador. No encontrando refugio ni salida, sus valientes oficiales no vieron otra salida digna y propusieron una suspensión de armas que aceptó Reding, pensando como persona de bien que continuar el combate no tenía ningún sentido. Alguien vio en la última carga caer del caballo a Dupont, que sin ser alcanzado por la metralla quedó contusionado.

Mientras la victoria sonreía en Bailén, los cuerpos de caballería y tropas ligeras de don Juan de la Cruz informado de la salida de Andujar de las tropas francesas la noche del 18 molestó bastante su avance lanzando continuos ataques a la izquierda del enemigo.



TODOS, MENOS CASTAÑOS, SUPIERON LO QUE OCURRÍA

En cuanto a Castaños parecía no enterarse de nada, y por no oír ni los cañonazos. Nadie entendemos su comportamiento, digno al menos de tenerlo que haber explicado ante un consejo de guerra. Hasta que no vencimos totalmente a Dupont, no mandó a don Manuel de la Peña, al frente de la descansada y flamante tercera división, ponerse en marcha.

Tras este “escudo”, de la tercera división reforzada, aun se quedó en “la retaguardia” Castaño con la división de reserva, “¡El general en jefe!”. Sin duda todo un valiente, como Dupont, el fallecido Gobert y el resto de los generales franceses y españoles que en esta batalla se enfrentaron. Quienes combatimos en Bailén aún nos preguntamos como no nos ayudó ni intervinieron sus divisiones en esta crucial batalla. Incluso llegamos a pensar que él sabía íbamos a una derrota segura, ya que de no ser por la inesperada partida de la división de Vedel y las fuerzas de los generales Liger - Belair y Doufour, nos habían colocado como clavo al rojo entre el yunque y el martillo y sin ninguna duda, de haber llegado tan solo unas horas antes Vedel, ninguno podría contar la historia sino como otra triste derrota de nuestros ejércitos y la perdida de 14.000 hombres.

Castaños aún tendría tiempo de salvarse, y salvar la cara, retirándose al amparo de los ingleses a Cádiz con sus dos divisiones, lo que siempre es posible había pensado hacer. Pero sigamos, porque aún tenemos otras cosas que decir de quien en adelante solo será para nosotros el general “Castaña Pilonga”, fruto tan amargo que sienta mal hasta las cabras.

Cuando llegó Peña se estaba ya capitulando, rendidos los franceses.

VEDEL

Mientras Vedel en su correría, no habiendo descubierto por la sierra tropas españolas, unido con Doufour, permaneció el 18 en la Carolina, y esto realmente nos salvo. Después de haber dejado para guardar el paso en Santa Elena y Despeñaperros dos batallones y algunas compañías. Allí estaba, cuando al alborear el 19, oyendo el cañoneo del lado de Bailén, emprendió su marcha, aunque lentamente, hacia el punto de donde partía el ruido. Tocaba ya a las avanzadas españolas, y todavía reposábamos, recuperando energías en la seguridad de la pactada tregua. Advertido, sin embargo, Reding, envió al francés un parlamento con la nueva de lo acaecido, dudó Vedel si respetar o no la suspensión convenida, mas al fin envió un oficial suyo para cerciorarse del hecho.



EL ATAQUE DE VEDEL

Ocupábamos en esta parte las dos orillas del camino. En la ermita de San Cristóbal, que está a la izquierda saliendo de Bailén a La Carolina, se había situado un batallón de Irlanda y el regimiento de Órdenes militares, al mando de otro valiente, don Francisco de Paula Soler; enfrente y del otro lado se hallaba otro batallón de dicho regimiento de Irlanda con dos cañones.

Pesaroso Vedel de haber suspendido su marcha, u obrando con engaño, media hora después de haber contestado al parlamento de Reding y de haber enviado un oficial a Dupont, mandó al general Cassagne que atacase el puesto de los españoles del regimiento de Irlanda que tenía los cañones. Descansando los soldados en la buena fe de lo tratado, fácilmente los franceses sorprendieron al batallón destrozándolo, haciendo muchos prisioneros y cogiendo los cañones. Atacando igualmente a Soler, situado en el cerro de la ermita, pero este alertado aguantó bizarramente la acometida que le dio el jefe del batallón Roche. Todos los españoles ya en guardia sospechando la traición y que Vedel intentaría, rompiendo el alto de la ermita hacer un pasillo por el que poder sacar las divisiones de Dupont, volvieron sus armas a las fuerzas de Dupont y se pusieron en marcha, ya en este caso con el apoyo de la división reforzada de Peña.

Cuando el propio Vedel se ponía al frente de un definitivo asalto a las fuerzas de la ermita, recibió la orden de su general en jefe de no emprender acción alguna, con lo que cesó en su intento.



EL ARMISTICIO

Negociándose el armisticio, pidió el francés la suspensión de armas y el “permiso de retirarse libremente a Madrid”. En cuanto a lo primero Reding aceptó, sobre lo segundo dijo era cosa de su general en jefe Castaños (que aún no había aparecido), se inclinaba a admitir la proposición de dejar pasar a los franceses sin estorbos a Madrid. Para cuantos habíamos luchado y ganado esta batalla nos parecía indigno del general en jefe conceder este punto y nuestros generales presentaron unas duras quejas ante el conde de Tilly, persona de mucho peso en la Junta de Sevilla, buen patriota y revolucionario, quien compartía al cien por cien nuestros argumentos. Vino en nuestro apoyo un mensaje interceptado que enviaba desde Madrid Savary. Se le ordenaba a Dupont regresase con su I cuerpo de ejército a Madrid en ayuda de las tropas que iban a presentar batalla a los generales españoles Cuesta y Blake, ya repuestos tras su terrible derrota en Medina de Rioseco, que avanzaban de nuevo por Castilla la Vieja.

Tilly, insistió con ahínco en su opinión, añadiendo que la victoria alcanzada en los campos de Bailén, en la que tantos españoles habían dado la vida y derramado tanta sangre de nada serviría, salvo favorecer los deseos del enemigo, caso que se permitiese a sus soldados ir a reunirse con los suyos para seguir combatiendo a otros valientes españoles, y haciendo nuevas atrocidades como las acaecidas en Medina.

Los franceses en un rasgo de orgullo rompieron las negociaciones, pero no tardaron en renovarlas. La posición de su ejército por momentos iba siendo más crítica y peligrosa.

Los jefes franceses, no pudiendo los más sobrellevar la dolorosa vista que ofrecían sus soldados, y algunos, si bien los menos, temerosos de perder el rico botín que les acompañaba, generalmente persistieron en que se concluyese una capitulación.

Dupont, por algún golpe recibido en la batalla, insolación, deshidratación u otras causas, había perdido en parte la lucidez de que hacía gala y se encontraba totalmente deprimido como si ya no le importase nada, no ocurría igual con el valiente y fogoso Vedel, quien sin duda se sentía, no sin motivos, responsable del desastre. Aprovechando la calma mientras proseguían las negociaciones de la capitulación, Vedel propone coordinar un ataque al flanco de nuestras fuerzas con sus dos divisiones de refresco, Vedel dispone de más de 9.000 hombres, y al mismo tiempo, sobre el mismo lugar atacaría el grueso de las divisiones de Dupont. Sin duda algo que podía salir bien, porque ya todos unidos nadie podría pararlos en su retirada.



VEDEL SE ESCAPA CON SUS HOMBRES

Pero Dupont, su cerebro aún turbado, dio órdenes contradictorias, entre ellas una por la que daba libertad a Vedel para partir con sus hombres poniéndolos a salvo. Obtenido al menos este permiso, llegada la noche, el general comenzó la retirada, lo que aún haciendo burla de la tregua era para todos comprensible, ni a él ni a sus hombres les había derrotado nadie.

Viéndole los españoles partir, comunicaron a Dupont que de no regresar Vedel con sus tropas, cumpliendo con la palabra empeñada, dando por rotas las negociaciones todos sus hombres serían pasados a cuchillo.

Asustado Dupont ante tan seria amenaza, envió oficiales de su estado mayor para rogar a Vedel que detuviesen en la marcha. No estando Vedel dispuesto a ceder, pero siendo demasiado grande la particular responsabilidad en lo que por su decisión pudiera pasar a las divisiones de Dupont, convocando en consejo de guerra a sus veintitrés jefes, diecinueve votaron por acatar las órdenes de su general en jefe Dupont. Muy a su pesar, Vedel acató la decisión de la mayoría.





CAPITULACIÓN

En la capitulación, oscura y contradictoria en algunos de sus puntos, a las tropas del aguerrido Vedel se las trataba mejor. Mientras los derrotados de Dupont eran considerados prisioneros de guerra debiendo entregar sus armas y sujetarse a la condición de tales. Las divisiones de Vedel serían obligadas a abandonar Andalucía, las armas las entregarían en depósito, y les serían devueltas al embarcar desde Sanlúcar y Rota, para Rochefort, puerto francés a orillas del Charente, en buques tripulados por españoles.

La capitulación se firmó en Andujar, el 22 de julio, por don Francisco Javier Castaños y el conde de Tilly y por parte francesa por los generales Marescot y Chabert.



Una nueva afrenta debió soportar cuantos intervinieron y vencieron en Bailén. Al día siguiente, 23 de julio, desfilaron las fuerzas de Dupont ante la reserva y tercera división española, a cuyo frente se encontraban los generales Castaños y Peña. Dándose con ello mayor honra y prez de la victoria a quienes no solo no habían intervenido para alcanzarla sino que, de alguna manera, abandonaron a su suerte a quienes la consiguieron.



LOS SUPERVIVIENTES

Los supervivientes de las divisiones de Dupont sumaban 8.248 hombres, las de Vedel y Doufour 9.393. Se entregaron, además de todas las armas, muchos caballos y 40 piezas de artillería. A ellos añadiremos los que se fueron, por orden del general en jefe francés, rindiendo en las pequeñas guarniciones del camino; Guarromán, La Carolina, Sta. Elena, Almuradiel, Santa Cruz de Mudela, y otros pueblos de la Mancha, Valdepeñas, Manzanares, Villarta, Madridejos, Consuegra, etc.

En total más de 21.000 hombres. Frente a nuestras líneas cayeron

muertos más de 2.000 soldados y gran número de heridos. Entre los muertos los generales Gobert y Dupré junto a varios mandos superiores. El propio Dupont, como se dijo, quedo contuso.

Entre los nuestros lamentamos las bajas de 243 valientes soldados, quedando heridos más de 700.

A Castaños, por su conducta, acusaban le muchos de aprovecharse en beneficio propio de las hazañas ajenas. Aquí demostró lo sobrados de razón que estaban quienes así pensaban.

Es la vida misma, no siempre quienes se sacrifican, trabajan, incluso mueren por nobles causas, reciben un justo reconocimiento a cuanto hacen, del fruto de sus esfuerzos se aprovechan los emboscados en retaguardias que ni siquiera saben lo que es luchar.



UNA PÁGINA DE HORROR

El final de los prisioneros franceses fue terrible. Tras haber, dicen,

encontrado en mochilas y equipajes, objetos robados en Córdoba, fue suficiente disculpa, para dejar de cumplir las condiciones pactadas en el armisticio. Sí que los embarcaron, primero en pontones fondeados en el puerto de Cádiz, hasta que en febrero de 1809, da las oportunas ordenes el marqués de Viller al capitán del puerto, de trasladarlos, no al puerto previsto de Francia, sino a las Baleares.

Estando en la academia del IV ejército de Cádiz en mayo de 1810, un furioso viento huracanado sopló durante la noche del día 15. Muchos prisioneros franceses, se hacinaban en barcos de prisioneros llamados pontones, en uno de ellos, el Castilla con unos 700 prisioneros, casi todos oficiales, alguien cortó las amarras del barco y el temporal los llevó hasta la costa frente a Cádiz donde embarrancando pudieron los franceses desembarcar y huir. Repitieron los hechos la noche del 26 los prisioneros del Argonauta, unos 600, logrando desembarcar sin que pudieran evitarlo nuestras baterías y cañoneras. Nunca supe si alguien, o compadecido al presumir su destino, o bien pagado, ayudó a su fuga.

En vista de lo ocurrido el gobierno español, ante el escándalo producido al saber por los escapados las condiciones infrahumanas en las que habían permanecido tan largo tiempo hacinados en los pontones, deciden suavizar la suerte de aquellos desgraciados, enviando a unos a las islas canarias y a otros a las Baleares. Dichosos los primeros, no cupieron a los demás igual ventura. Alborotados contra estos prisioneros los habitantes de Mallorca y Menorca a causa de las noticias que de la península llegaban sobre las atrocidades cometidas por el ejército francés, no permitieron en sus islas el desembarco y finalmente los llevan a la isla de Cabrera. Allí quedan con no demasiada comida ni tiendas de campaña para todos.

Cabrera, al sur de Mallorca, es una pequeña isla desértica de 20 kilómetros cuadrados con algunos islotes próximos, donde desembarcados fueron abandonados a su suerte, estaba poblada por no demasiados árboles bravíos, y un pequeño castillo y lo único que no faltaban eran manantiales de agua dulce, lo que tan solo sirvió para prolongar su agonía. Si alguien quedó encargado de su alimentación, se le olvidó, murió o desvió los suministros a otros destinos. Recoge un dicho “El uno por el otro la casa sin barrer”. Pasado el tiempo y dejando de llevarles comida, terminaron comiéndose unos a otros, no sé quien ni en que fecha los encontraron, porque se ha intentado borrar esta atrocidad de las páginas de la historia, quedaban, según alguno dice, dos o tres mil, pero es posible que ni esto sea cierto y sean doscientos o trescientos, veinte o treinta, dos o tres, en el fondo da igual, a los supervivientes, muchos o pocos, los encontraron medio locos.

La isla de Cabrera, convirtió aquellos soldados, que demostraron su valentía hasta llegar a la extenuación, en caníbales. Un horroroso crimen, por el que parece nadie fue juzgado, y un final que ningún soldado del mundo merece.



Y de este triste modo, con luces y sombras, dulce y amargo, termina esta pequeña historia sobre una de las más claras victorias que las tropas españolas consiguieron en su lucha contra los franceses y por la independencia de España.



JOSE I ABANDONA MADRID POR PRIMERA VEZ

Tras la batalla de Bailén, José I abandona Madrid. Sus fuerzas se repliegan y pasan a la orilla izquierda del Ebro. Incluso abandonan el primer sitio puesto a Zaragoza, en la que destaca una heroica mujer llamada Agustina. Dispone su cuartel general en Miranda de Ebro.



NAPOLEON ENTRA EN ESPAÑA

Napoleón no puede tolerar la derrota de su ejército y personalmente entra en España al frente de su Grand Armèe, 250.000 soldados, al mando de sus mejores mariscales y generales: Victor, Moncey, Soult, Mortier, Lefebvre y Ney, más los refuerzos a las órdenes del general Saint-Cyr y una reserva de soldados de infantería y caballería al mando de Bessières.

El ejército español que se había reorganizado en tres cuerpos al mando de Blake, Castaños y Vives, con la reserva al mando de Palafox, está dispuesto a la lucha.



MI PRIMER COMBATE TERMINA EN DERROTA

1809. A primeros de noviembre me alisté como soldado distinguido, el que había estudiado y sabía leer y escribir, en el Regimiento de Infantería de Ciudad Real con guarnición en Sevilla. En ella la Junta Suprema Central era el órgano de gobierno nacional frente al afrancesado instalado en Madrid en torno a José I.

Ya con 16 años salgo con el glorioso ejército de Andalucía que al mando de Areizaga avanza hacia Madrid. Pero cuando junto a Ocaña se unen todas nuestras fuerzas, muy superiores a las francesas agrupadas en Aranjuez, Areizaga duda y nos entretiene en una serie de salidas por los flancos, marchas y contramarchas, perdiendo un tiempo precioso, siete días, que los franceses aprovechan para unir todas sus fuerzas y presentar batalla, en la que interviene hasta el propio José I.



LA BATALLA DE OCAÑA

La batalla se libra junto y en la propia Ocaña, Areizaga no sabe ni que hacer ni que mandar, ni siquiera prepara una segura y fuerte retaguardia a la que acudir para reorganizarnos en caso de ser derrotada la primera línea. Todo se deja al azar y la improvisación y aún con gestas heroicas y poder haber vencido, sufrimos una de las más vergonzosas derrotas de esta guerra. Todos salen a la desbandada sin rumbo fijo, solo algunos grupos de caballería, más ligeros que los que huyen a pie, consiguen salvarse. Muertos, heridos o prisioneros, de mis compañeros no volví a ver a nadie. Dicen apresaron a 14.000 soldados y murieron de 4.000 a 5.000 hombres. Se perdieron pertrechos, víveres, armamento, artillería, hasta el honor. Nunca el mariscal Soult consiguió tal victoria con tan poco esfuerzo, sus perdidas no llegaron a 2.000 hombres. Cuando me di cuenta estaba casi solo, vi bajar del campanario, desde el que Areizaga seguía la batalla, y aturdido ni se molestó en reagrupar a los que aún quedamos ni indicó punto de reunión alguno, al galope partió hacia Daimiel. Salieron corriendo por el campo los pocos que quedaban y yo, viendo que caballería francesa nos alcanzaba me escondí en una pequeña zanja junto a una viña, tapándome con sarmientos, esperé a la noche y escapé. Ese día me hice hombre, supe lo que era miedo y soledad pero ante todo me quedé con el amargo convencimiento de saber que pudiendo haber vencido, fuimos derrotados.



LOS GUERRILLEROS

Ante las incontables derrotas sufridas a lo largo y ancho de la Península por las tropas regulares frente a la Grande Armèe, hasta el punto de quedar reducidos los efectivos de nuestros ejércitos a la nada, unos 5.000 hombres en línea y más de 100.000 prisioneros trasladados a Francia, miles y miles de muertos y heridos, poblaciones grandes y pequeñas arrasadas e incendiadas muchas de ellas, junto a todo tipo de atrocidades, muchos soldados y paisanos, no renunciando unos a luchar por la libertad, otros por el rey Fernando VII, muchos por venganza y algunos por conseguir riquezas, se unieron formando partidas llamadas de guerrilleros.

En todo el camino carretero de Francia, desde Burgos hasta los

lindes de Álava, y en ambas riberas, por aquella parte del Ebro hormiguearon desde el principio las guerrillas. Tenían la codicia en qué cebarse con la frecuencia de convoyes y pasajeros enemigos; y muchos de los naturales, dados ya, desde antes, al contrabando por la línea de aduanas allí establecida, conocían palmo a palmo el terreno estando avezados a los riesgos de su profesión, imagen de los de la guerra.

Fomentaron tales inclinaciones varias Juntas que se formaron de cuarenta en cuarenta lugares, y las cuales, o se reunieron después, o se sujetaron a las que se apellidaban de Burgos, Soria y La Rioja. Reconocieron la autoridad de estos cuerpos las más de las partidas, de las

que se miraron como importantes la de Ignacio Cuevillas, don Juan Gómez, el cura Tapia, don Francisco Fernández de Castro, hijo mayor del marqués de Barrio Lucio, y el cura de Villoviado.

Sus correrías les reportaban beneficios, en perjuicio del enemigo, y no faltas de gloria, sobre todo cuando se unían y obraban de concierto.

Sucedió así en septiembre para sostener a Logroño, estando a su frente Cuevillas; lo mismo el 18 de noviembre en Sansol de Navarra, en donde deshizo a más de 1.000 franceses, guiadas las partidas reunidas por el capitán de navío don Ignacio Narrón, presidente de la Junta de Nájera.

En esta función tuvo ya parte don Francisco Javier de Mina, sobrino del después célebre Espoz. Estudiaba en Zaragoza cuando estallo el levantamiento de 1808 y con 19 años tomó las armas como los demás estudiantes. Pero saqueada la casa de sus padres, labradores del pequeño pueblo de Idocín en Navarra, cuando vio su casa allanada y perdida, uniéndose a otros doce comenzaron sus correrías.

Renovales al mando de una importante cuadrilla mantuvieron a jaque a los franceses desde el Roncal en Navarra, hasta los confines de Aragón y Rioja.

Otros guerrilleros fueron surgiendo y ganando merecida fama, como:

Juan Martín “el Empecinado”, un agricultor de Valladolid y que se desplazaba hasta Guadalajara.

El campesino navarro Francisco Espoz y Mina.

El Capuchino y Saornil en Castilla.

El bravo Porlier en Asturias.

El marqués de las Atalayuelas, en Cuenca.

En mi tierra, La Mancha, además de Mir y Jiménez, debo hacer particular mención a Francisco Sánchez, “Francisquete”, nacido en Camuñas, que tras haber ahorcado los franceses a un hermano suyo juró vengarse iniciando una guerra a muerte contra estos.

Cerca de Ciudad Rodrigo fue famoso Julián Sánchez. Sirvió en el regimiento de Mallorca y enterado de la muerte a manos francesas de sus padres y una hermana, decidió vengar su muerte. Llegó a reunir 200 hombres a caballo con el nombre de lanceros, de cuya tropa fue nombrado capitán por el duque del Parque, unas veces apoyándose en el ejército otras en ciudad Rodrigo infundió el mayor temor y desasosiego entre los franceses.







EL SITIO DE GERONA

¡Nueve meses¡ resistió Gerona al sitio y ataques de numerosas tropas francesas. Una auténtica heroicidad, desde quien dirigió su defensa, Mariano Álvarez de Castro, hasta el último de sus habitantes, hombres y mujeres, niños, jóvenes y ancianos. A cada uno Castro encomendó una misión apropiada a su edad, sexo y condición, que todos cumplieron. Nueve meses soportando el feroz asedio de los franceses a pesar de las enfermedades, el hambre y las bajas.

Cuentan de este valiente gobernador que al preguntarle un oficial encargado de hacer una salida rutinaria con la que retrasaban y molestaban a los franceses, adónde, en caso de retirarse, se acogería, respondióle severamente Álvarez: Al cementerio.

EL TAMBOR LUCIANO

Habían los franceses situado contra los muros de Gerona 40 baterías de artillería desde las que dispararon 60.000 balas y 20.000 bombas y granadas. Un mozo, Luciano Ancio, era uno de los encargados, apostados, que con un toque de tambor señalaba anticipadamente cuando disparaban bombas o granadas, con lo que salvaban muchas vidas. Un trozo de metralla le arrancó parte del muslo y la rodilla, y al quererle transportar al hospital, opuso se, diciendo: “No, no; Aunque herido en la pierna, tengo los brazos sanos para con el toque de caja librar de las bombas a mis amigos.”

CINCO REALES DE VELLÓN POR RATA

El hambre llega a tal extremo, que habiendo acabado con cuantos animales disponían, se pagaban 30 reales de vellón por gato y 5 por ratón o rata. Tras el hambre las enfermedades y epidemias. El propio Álvarez cayo tan enfermo que se le administró la extremaunción llegando a darle por muerto. Entre delirios hizo dejación del mando en don Julián Bolívar, teniente de rey, quien congregando las juntas y avisados que su socorro no llegaría pronto, pactó una capitulación digna y honrosa de tan heroicos defensores. Murieron durante los nueve meses de sitio de 9 a 10.000 personas, entre ellas 4.000 moradores. Entraron los franceses ala plaza el 11 de diciembre, tras siete meses de enconada defensa.

LA MUERTE DE UN HÉROE

Don mariano Álvarez, que no murió, fue apresado por los franceses. En la cárcel de Figueras, habiéndole separado un día de sus criados y de su ayudante, apareció a la mañana siguiente misteriosamente muerto en su celda. Las Cortes congregadas más adelante en Cádiz mandaron grabar su nombre en letras de oro, en el salón de las sesiones, al lado de los ilustres Daoiz y Velarde.

1810. No podía pasar por alto un breve relato del heroico sitio de la ciudad de Gerona tan poco conocido. Volviendo a mi historia, sin compañeros en mi Regimiento me alisté en el Batallón de Voluntarios de Honor de la Universidad de Toledo, destinado a dar protección en Sevilla a la Junta.

1810. Invadiendo los franceses Andalucía, nos retiramos, sin demasiado orden, acompañando a la Junta a la Isla del León (hoy San Fernando de Cádiz), entrando con las tropas del duque de Alburquerque y otras muchas el 3 de febrero de 1810.

Aburrido, ingresé la academia del IV ejército en Cádiz.

SEGREGACIÓN DE PROVINCIAS

El 8 de febrero Napoleón decreta la segregación de las provincias de la orilla izquierda del Ebro, cercanas a Francia, País Vasco, Navarra, Aragón y Cataluña. Se instalan unos gobiernos militares desvinculados de la corona de su hermano José I, que llevaba un año disfrutando de la buena acogida que le dispensaron en Andalucía.

1811. Nace el primer hijo de Bonaparte, el nuevo Napoleón II, “rey de Roma”.

En La Albuela, Portugal, tropas combinadas portuguesas, españolas e inglesas bajo el mando de Beresford, Blake y Castaños infligen a Soult una clara derrota que seguida de la indecisa batalla de Fuentes de Añoro acabó con las pretensiones de Napoleón sobre Portugal.

Este mismo año pasé a la escuela especial de Ingenieros, como la anterior, destinada a formar suboficiales con los que sustituir las numerosas bajas que se producen en el frente.

En esta época conozco los más ilustres hombres que preparan la nueva Constitución liberal, Gaspar Melchor de Jovellanos, José María Queipo de Llano- conde de Toreno -, Agustín Argüelles, Mina, Antonio Valdés, marqués del Campo Sagrado, Francisco Castanedo y conde de Jimonde, Martín de Garay, Conde de Ayamans, Lorenzo Calvo de Rozas, etc., y enemigos del liberalismo como el obispo de Orense el propio general Castaños, Francisco Palafox, marqués de la Romana, Rodrigo Riquelme, Francisco Caro, Sebastián de Jócano, José García de la Torre marqués de Villel y otros miembros más del Consejo Real, todos muy apostólicos.



1812. Con 18 años recibo el despacho de subteniente.

CONSTITUCIÓN POLÍTICA DE LA MONARQUÍA ESPAÑOLA

Este mismo año, el 19 de marzo, las Cortes reunidas en Cádiz aprueban la nueva Constitución Política de la Monarquía Española, lo que personalmente me llena de orgullo.



LA NUEVA CONSTITUCIÓN LIBERAL

Entre tantas cosas se abolían los señoríos y los derechos feudales, como el “derecho de pernada” y la “servidumbre luctuosa”, aún vigentes.

A los colegios militares podían entrar tanto hijos de nobles como los que no lo fueran. Hasta entonces solo se admitía el ingreso de los hijos de nobles, por eso todos los oficiales, hasta la guerra de la independencia, eran barones, condes, duques, marqueses o príncipes.

También se abolía los tribunales del Santo Oficio o Inquisición, y otras muchas disposiciones para un mejor reparto de la riqueza y mayor contribución de quienes las poseían.

SUCHET SE APODERA DE VALENCIA

El mariscal Suchet al frente del ejército de Aragón el 14 de enero entra en Valencia que pasa al control de Napoleón.

El hambre se adueña de Madrid, en pocos meses mueren más de veinte mil personas.



JOSÉ I SALE DE MADRID POR SEGUNDA VEZ

Por segunda vez el rey y su corte abandonan Madrid, la orden se da el 10 de agosto, una interminable caravana se pone en marcha hacia levante acompañados por los 18.000 hombres del Ejército del Centro y Guardia Real.

Napoleón inicia la campaña de Rusia y comienza a retirar las mejores tropas de España. La Grande Armèe le acompaña. De este modo será realmente Rusia el mejor aliado de la España que lucha contra los franceses, sin olvido de Inglaterra.

ME INCORPORO A UN REGIMIENTO DE INFANTERÍA

1813. No veo, de continuar en la academia, ocasión de combatir, que es lo que más deseo, y perdiendo el interés por seguir estudiando mientras tantos españoles mueren, solicito mi traslado a Infantería. Con mi nuevo regimiento tomo parte en las acciones de Cherta, Amposta, Tortosa y otras.

Las tropas de Napoleón sufren un descalabro en el Beresina (Rusia). Con ello da principio al final de la ocupación francesa en España. Como era de esperar se levantan contra él Prusia y Austria ayudadas por Inglaterra, al igual que desde hace tiempo ayuda a España con dinero, armas y las tropas al mando del gran general y estratega Wellington. Ante el inminente peligro de una derrota frente a los países del Norte de Europa, unidos, reclama urgentemente más tropas de España y a su gran mariscal Soult.





JOSÉ SALE DE MADRID POR TERCERA Y ÚLTIMA VEZ

“A la tercera va la vencida”, José I sale de Madrid el 17 de marzo, en esta ocasión su destino es Francia. Un éxodo de personas de la corte, nobles y afrancesados que se han hecho ricos robando y acumulando bienes mientras el pueblo de Madrid moría de hambre, en una interminable caravana de carretas, carros y carruajes acompañan al Rey.

Era tan grande como la ambición de llevarse cuanto han robado en seis años de ocupación y pillaje, tanto franceses como los miles de españoles que les acompañan, afrancesados, enriquecidos a la sombra de los primeros.

Completaban el convoy las cajas de guerra llenas de dinero en buen oro y buena plata antigua. Escoltaban esta inacabable caravana las pocas tropas francesas que habían quedado en Madrid al mando del general Hugo, padre del que más tarde fuera famoso escritor.

Es tan enorme el convoy que hasta el día 27 de mayo por la noche no termina de salir, Madrid parece quedar vacío, pronto los guerrilleros se adueñan del mismo, al día siguiente entra el ejército y autoridades.

LA HUIDA DE MADRID CON LOS TESOROS DE ESPAÑA

“… salieron los pocos franceses que quedaban en Madrid. Los mandaba el general Hugo y llevaban consigo un convoy tan inmenso que, al verlo, creerías que en la capital de España no quedaba un alfiler. Desde muchos días antes habíanse embargado cuantos coches, carros y calesas rodaban por las calles de la Villa y casi toda la servidumbre se ocupaba del embalaje de las diversas riquezas que José y los suyos se habían apropiado. Estos señores hacían buena presa allí donde ponían la mano, y no eran nada melindrosos ni encogidos para esto de incautarse. Luego que estuvo reunida cantidad fabulosa de cuadros, joyas de camarín y sacristía, dejando a las Vírgenes y los santos sin anillo que ponerse, establecieron cuatro depósitos en Madrid, los cuales fueron el Rosario, San Felipe, Doña María de Aragón y San Francisco. Muebles, porcelanas, vajillas, armas, añadieron se al botín. Entre una masa enorme de cartas geográficas iba Nuestra Señora del Pez, y la Perla anidó con una montura fina recamada de plata y oro. Se gastó un monte de clavos y, por algunos días, a las iglesias que servían de depósitos resonaban cual si en ellas trabajase un regimiento de cíclopes. La tabla del Pasmo, que se hallaba en pésimo estado, acabose de rajar y la pintura, con las sacudidas y golpes, se cuarteaba que era una bendición.

Completaban el convoy las cajas de guerra llenas de dinero en buen oro y buena plata antigua, de aquella que ya no se ve y seducía entonces con su brillo los ojos de los extranjeros y, con su noble son, los oídos de todos.





1813. LA BATALLA DE VITORIA

Hugo está al mando de los restos del ejército del centro, junto a la Guardia Real de José I y otras fuerzas dispersas.

Wellington, nombrado general en jefe de los ejércitos de España, al mando de tropas españolas, portuguesas e inglesas, se limita a seguir lentamente por los flancos, observando este lento movimiento como los lobos antes de atacar a un rebaño de ovejas, fustigando sin prisas su retaguardia.

Llegados a las llanuras de Vitoria el día 21 de junio, a orillas del Zadorra, junto a Salvatierra de Álava, da la orden de ataque, uniéndose a sus fuerzas el ya numeroso ejército del guerrillero Espoz y Mina.



La desbandada del ejercito francés es total, dejan cuanto llevan, carros, carruajes, armas e impedimento, para corriendo más rápidos, y desenganchando los tiros montar en los caballos, intentar ponerse a salvo en la cercana Francia.



José I tiene que, abandonando su carruaje para huir al galope a punto de ser capturado.



El mayor tesoro que ojos humanos jamás haya podido contemplar quedó a la vista de los vencedores.



Wellington más adelante devolvería, entre otras cosas, cerca de 200 cuadros, auténticas obras de arte, que pudo poner a salvo ante el temor que por ignorancia pudieran ser destruidos.



No faltaron algunos entre los vencedores, y paisanos que llegaron de todos los rincones, que a la noche se hicieron ricos, cargando burros, mulos o caballos mientras aclamaban a Fernando VII y al gran general Wellington.



TENIENTE

Este año asciendo a teniente del Regimiento de Infantería

Provincial de Soria. Ya había perdido el miedo después de varias batallas, de las que terminaron unas en derrotas y otras en victorias.



EL REGRESO DE EL DESEADO, LA MAYOR TRAGEDIA

El regreso del rey Fernando VII era esperado con ilusión por todos. Pero en lugar de ir a Madrid para jurando la Constitución comenzar a trabajar para sacar al País de la situación de ruina y miseria en la que había quedado, se fue a Valencia donde el alto clero espera al rey ofreciéndole su incondicional apoyo para que no jurando la Constitución gobierne como rey absolutista, restablezca la Santa Inquisición, permita regresar a los jesuitas, etc. Un sector del ejército opuesto a las ideas liberales, encabezados por el general Elío, erigido en paladín del absolutismo apoya al rey y se decreta la persecución de los más destacados liberales, padres de la Constitución de Cádiz, de los afrancesados y de cuantos habiendo adquirido cierto grado de cultura se atrevieron a retar a los poderes fácticos, como algunos miembros del clero secular, recordemos a Quintano, que con sus ideas liberales, ponían en peligro el inmenso poder, tierras y riquezas de las que antes de la llegada de Napoleón tenía la iglesia de Roma en España.

PARTO A LAS COLONIAS DE AMÉRICA

1815. No pudiendo sufrir lo que estaba viendo, el más triste y repugnante espectáculo, dado por un rey ingrato cuya gloria parecía cifrarse en poblar los calabozos y los presidios con todo lo más generoso, más ilustre y más liberal que hasta entonces había dado España, y no siendo mi idea terminar como tantos en prisión, me alisté en la expedición militar que se estaba preparando para ayudar en la lucha contra la insurrección de las colonias en América, que no reconocieron a José I Bonaparte como su rey ni, a la España francesa por su patria.

Se componía de unos 10.000 hombres al mando del general Pablo Morillo. Ya alistado pedí permiso a Morillo para ir a mi casa en Granátula por unos días y despedirme de la familia. A lo que el general me contestó - El buen soldado español debe olvidarse de la familia cuando la Patria lo reclama, y el que muestra un alma tan madrera da prueba de cobardía.

Enfurecido por llamarme cobarde, llevando mi mano al sable que llevaba al costado dije - Si otro que vuecencia me hubiese dicho tal cosa la contestación no la recibiese de palabra sino de esta espada.

A lo que el general me respondió - Guapos así es lo que yo busco; ahora puede usted ir a ver a su familia. Dolido me negué, herido en lo más profundo mi dignidad, pero a los días insistió en que fuera, para terminar casi ordenándomelo. Desde entonces me tomó bajo su protección, ofreciéndome a tomar parte de su cuartel general. Morillo, al igual que yo, había ingresado en la milicia como simple soldado y luchando en la guerra de la Independencia al lado de Wellington alcanzó por méritos de campaña el generalato a los treinta y seis años.

Cumplidos los 22 años, en febrero de 1815 embarqué en la fragata Carlota en Cádiz rumbo a la aventura de América.



(La historia continúa con Espartero, segunda parte)



Creado por Adolfo Soto
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